Prólogo ‘Los susurros del Caracol’ de Julio Marín García

No iban a entenderlo, tan si quiera se iban a molestar en preguntarse por qué. Estaban corrompidos. Y yo solo tenía furia para regalarles. Oí el llanto de las mujeres violadas y lo sufrí como si fuera ellas, en cierto modo lo era. Oí el sollozo de los niños con padres tiranos, y los maltratos umbrosos que regaban su crecimiento. Oí el grito de la madre tierra llamarme entre cataratas de lágrimas… Oí todo eso y más, y en mi sueño eterno pensé mil maldiciones con las que vengarme. No estaba loca, tampoco lo estoy ahora, tan solo sentía el alma podrida de todos cuanto habían sufrido la violencia del mundo que los humanos habían creado.

            La oscuridad interrumpió mi descanso llenándolo de pesadillas que no terminaban, y cuando por fin abrí los ojos, me encontré dentro de la realidad, de la eterna pesadilla que se repetía constantemente. Y chillé feroz, y con mi ira llegó lo demás. Las piedras caían del cielo como si fueran lluvia, las olas del mar arrasaban todas las ciudades que tenían a su paso, la tierra se agrietaba y tambaleaba al ritmo de mis palabras. Los hombres eyaculaban su sangre maldita, y con ella todo el veneno que poseían. Desde arriba podía contemplarlo todo, y disfrutaba como si fuera el mejor de los placeres.

            Pero no pude castigarlos solo a ellos, junto a los hombres malvados, también aniquilé al resto, incluso niñas pequeñas. Lloraban desde su lecho, agónicas y desesperadas. No me importaba. Esa generación de hierbas mal cultivadas debía ser abolida. No pensaba en el pequeño niño que intentaba cerrar los ojos, pensaba en el hombre oscuro que sería cuando creciera bajo la sombra de ese mundo. Y grité de nuevo, grité más fuerte, y todo lo que golpeaba a la muchedumbre se potenció. Y del cielo cayeron esqueletos junto a las rocas, de las olas salieron seres sin forma, de las montañas la magia de los demonios y brujas que yo misma creé atacó con mortandad. Y todo eso me seguía pareciendo insuficiente, quería escuchar sus gritos aún más vigorosos, tanto que pudieran sonar durante una eternidad, y que después de eso su eco siguiera perdurando en otros mundos.

Los susurros del caracol

 

Un bebé era transportado por una desesperada madre a la orilla de un pequeño río. No hacían más que lloriquear, se miraban y parecían entenderse. La madre dejó al pequeño sobre el río, y la cesta inició su travesía. Cómo se le había ocurrido hacer tal cosa, el agua del río era un mar de nervios, como todo. No pude evitar sentir compasión. Lo vi tan tierno y frágil. Achanté el nerviosismo del río y permití que el niño llegara hasta las montañas. Allí fue acogido por los demonios y brujas, y enseñado por ellos. Además de eso le otorgué un don, lo hice inmortal. Viviría para siempre reencarnándose en otros. Y no solo eso, sería la ficha principal para salvar el mundo. Sería mi pequeño cómplice. Y un día recordaría todas sus vidas, cuando llegara el momento.

            Algunos hombres aprovechaban los momentos finales para seguir siendo malditos pervertidos. Estaban en grupo, habían violado a una niña de siete años, y se disponían a violar a sus otras hermanas y madre. Primero mataron a la joven, luego después de divertirse con la madre también la mataron. Y así hicieron con todas excepto con una. La que escapó, la hermana mediana, corrió tanto que llegó a un sitio muy lejano. Y en su mirada lucia la furia de la venganza. Había visto a los seres que más amaba ser torturados por el mal de los hombres despiadados, y lo único que quería era venganza. La gritaba por todos los poros de su piel, y aun así era insuficiente. Le otorgué otro don, la convertí en la primera hembra de las montañas. Y su función también sería clave para el día final. Ella tampoco podría morir. Se conservaría en la vejez para el resto de sus días. Y ella, y todas cuanto vinieran después, se encargarían de dar a luz a los demonios y brujas de las montañas.

            Fui puntualizando cada una de mis peticiones, porque después de ver el sufrimiento de las personas buenas, pensé que el mundo, quizás, merecía una pequeña oportunidad más. Así que terminé de darle forma a la profecía, la modifiqué, la dejé en manos de los humanos. Grité alto y claro, para que los vivos pudieran oírme, y que jamás olvidaran mis palabras:

—Llegará un día, en el que cuatro ángeles sagrados lleguen hasta mí, ese día, si no es demasiado tarde, y sí el mundo merece el perdón que hoy no puedo darle, pondré fin a la profecía sobre la que pende. Sobre la que pende la raza humana. Si esos cuatro ángeles no llegan a mí antes de que el mar y el cielo se junten y las nubes se mojen de agua salada, nada podrá hacerse, porque entonces ya habréis muerto todos.

            Y pude ver algo de esperanza en algunas miradas, incluso comprensión en los que sabían que el mundo había crecido bajo el cultivo del odio, bajo la sombra de la oscuridad… Y junto a ella millones de personas. Y el mundo no merecía crecer de esa manera.

            Sack rugía con fiereza, mi gran compañero, el dinosaurio sobre el que estaba sentada. El gran jefe de la naturaleza. Había crecido a mi lado, y era tan eterno como yo. Los humanos habían extinguido su especie. Así como otras tantas. Él también estaba airado, y sus colmillos lucían amenazadores. Gritamos juntos, y de nuestra boca salían rugidos de guerra que retumbaban en los oídos de todos, que hacían temblar las montañas, y movían los cielos.

Dinosaurio Los susurros del Caracol

 

—Y ahora mi recuerdo perdurará sobre generaciones y generaciones venideras, mi esencia se convertirá en piedra, y hallaré la vigilancia de los humanos desde esta santa colina que ahora, y siempre me pertenecerá.

Y el eco de mi última frase rebotó durante días en los pensamientos, sueños y pesadillas de todos los vivos que aún quedaban. Muchos fueron muriendo durante los siguientes días. Mi ira dejó mucha desdicha. Y aún podía dejar más.

 


El mundo quedó reducido a una espiral de tierras similar a la figura de un caracol. Desde entonces, se dicen que susurros se escuchan en sus tierras, y que cuando el silencio toca su música las olas del mar cantan canciones sobre Niurka, la fémina que se convirtió en una leyenda.

Los susurros del Caracol

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